Fraude financiero

Agosto 29th, 201210:26 am @

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El fraude financiero ha estado siempre presente en la literatura, tratándose por su propia naturaleza de un tema oscuro. Puede llegar a ser uno de los delitos más creativos y en más de una ocasión ha sido utilizado como escenario perfecto para la novela negra. Como argumento estrella de la literatura lo hemos leído en “Los hombres que no amaban a las mujeres”, trama que se sitúa en un complicado fraude financiero. Afortunadamente los auditores no representamos el papel de Mikael Blomkvist.

Sin embargo, los auditores debemos prestar especial atención a cualquiera de las siguientes señales:

  • Alteración de documentos
  • Pagos duplicados
  • Partidas pendientes en conciliaciones bancarias
  • Faltantes en mercaderías entregadas
  • Quejas de clientes
  • Gastos irracionales, etc.

Estos aspectos pueden poner de manifiesto fraudes de índole corporativa, cometidos por la empresa (dirección, administradores) para perjudicar a los usuarios de los estados financieros (prestamistas, accionistas, administraciones públicas, sociedad), o fraudes de índole laboral (particular, malversación de activos), cometidos por los empleados para perjudicar a la empresa. Ambos tipos de fraude pueden verse alentados por presiones personales, por la existencia de oportunidades para cometer fraudes y por las características propias del defraudador. Nuestro post titulado “El estrés hace estragos entre los directivos” es un ejemplo de presiones personales. En él se indica que uno de cada cuatro directivos en España reconoce haber sufrido un estrés elevado durante los últimos tres meses principalmente por la dificultad de alcanzar los objetivos marcados para su empresa.

Las posibilidades para la comisión de fraude existen desde el momento en que se dan las circunstancias que pueden contribuir a manipular la información financiera, como por ejemplo, la falta de controles adecuados, la existencia de poco y/o mal capacitado personal, o la sobreposición de actividades incompatibles en las mismas personas.

Las características propias del defraudador constituyen el factor más complicado de detección, por lo que ante la imposibilidad de establecer procedimientos adecuados para su detección, deberemos llevar a cabo nuestra actuación con una actitud de escepticismo profesional, reconociendo que podemos encontrar circunstancias o hechos que sean indicativos de la comisión de fraude.

En caso de detectar fraudes, el auditor debe evaluar la incidencia que éstos tienen en los estados financieros, determinando si afectan o no a la razonabilidad de los saldos, así como comunicar a la gerencia, a la dirección y a los organismos de control correspondientes los hechos fraudulentos encontrados. Más allá le corresponde actuar a la justicia y, en ocasiones, podríamos llegar a ver la trama y el desenlace en una buena novela.

Carmen García
Gerente de Auditoría en Grant Thornton